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CANTO A LA MUERTE
Quiero cantarte, muerte incomprendida, a ti que llevas polvo entre las
venas y todo lo conviertes en cenizas.
Tú, que abres los caminos del misterio y nos muestras la luz
definitiva, llevándonos a Dios.
Tú, que eres puente que conduce a llanuras infinitas.
Tú, madre generosa, que nos buscas dondequiera que estemos.
¿Qué sería del hombre que olvidaras para siempre
condenándolo al tormento de la vida?
Al que dejaras solo, abandonado, como un árbol ya sin hojas
pero erguido,
eternamente inútil, ya sin frutos ni raíces, plantado
en el camino que se petrificará con el tiempo con el polvo y la
lluvia de los siglos.
Sería más muerto que los propios muertos.
Es que morir no es morir; la muerte es vida.
Vida cerca de Dios Omnipotente, con un trono de amor y de sonrisas.
Los débiles le temen a tus manos sembradoras de luces infinitas.
Y hasta te han inventado una guadaña en vez del arpa gris que
tú acaricias.
Los débiles olvidan que el que nace firma contigo un pacto y
una cita a la que a veces con crueldad demoras,
pero llegas al fin, con luz divina a iluminar los vastos horizontes
y eternas rutas de la eterna vida.
Por eso te ama el fuerte. Verticales los pasos son del que hacia ti
camina, con el sol en la frente, sin quejarse y debajo del sol una sonrisa.
Solo muere una vez quien no le teme a tus cenizas apagadas.
Mira: no me olvido del diálogo fecundo que una vez sostuvieron
Tú y la Vida.:
Quítate de mis pasos, muerte injusta, que solo de mirarte siento
ira.
¿Y tú quién eres, pretenciosa y vana para así
despreciarme?
¡Soy la vida! Alegría, pasión, calor y aliento,
vibración y placer... ¡y amor!
Las ruinas están de estas sustancias impregnadas,
cubiertas por el polvo y las cenizas
¿Tú qué le das al hombre para hacerle totalmente feliz?
Pues... le doy vida, talento, juventud, fuerza, arrogancia,
fuego en la boca y sed en las pupulas, memoria, entendimiento.
Y lo hago dueño. Dueño y señor del orbe en cada
día.
Lo haces dueño y señor de un solo instante!
Le das las cosas que después le quitas con inmensa crueldad...
y lentamente le vas quitanto lo que mas quería.
Niñez y juventud duran un soplo,
o acaso un soplo es su existencia misma.
Y después, al final... los ojos fuertes, coronados de arrugas
.. y sin vista.
Todas las fortalezas declinadas.
Las blancas dentaduras, destruidas.
Los músculos sin fuerzas. Ya vencidos.
Blanco el cabello y triste la sonrisa, como una mueca a la que asoma
el llanto.
Para qué tanto das si tanto quitas?
¿Y tú? ¿qué das? Yo, al menos por un tiempo
puedo brindarle al hombre tanta dicha...
¿en cambio tú? ¿Qué das? ¡No das
nada! Y no solo no das, ¡quitas la vida!
Doy lo que tú no das. Y lo que brindo tiene sabor de cosas
infinitas.
Doy vida eterna y anchurosos cielos de nubes que cabalgan con la brisa.
Tú, al hombre le das pies.
Yo le doy alas para alcanzar la estrella que más brilla.
Tú le ofreces tormentos y amarguras.
Yo le otorgo la paz definitiva.
Té que te llamas Vida, le das muerte.
Yo, que me llamo muerte, ¡le doy Vida!
José M. Burgos S. |